Arte y Educación ante el desarrollo científico: Autora Pury Estalayo

Autora: Pury Estalayo

Junio, 2012

La separación real entre la ciencia y lo que podríamos llamar “mundo sensorial” o “pensamiento mitológico” tiene lugar durante los siglos XVII y XVIII.
En esa época con Bacon, Descartes, Newton, Galileo y otros, la ciencia necesitó levantarse y reafirmarse en oposición a las viejas generaciones del pensamiento místico y mítico.

Para ello, se volvió la espalda al mundo de los sentidos, al mundo que vemos, que olemos, que saboreamos y que percibimos. Se pensó, entonces, que el mundo sensorial era un mundo ilusorio frente al mundo real, que sería el mundo de las propiedades matemáticas, que sólo pueden ser descubiertas por el intelecto y que aparecían en total contradicción con respecto al testimonio de los sentidos. Hubo, pues, un divorcio entre el pensamiento científico y el respeto por los datos de los sentidos.

Podría pensarse en la necesidad de oposición para producir cambios y, en ese sentido, a lo mejor sin ese cisma, sin esa separación, el pensamiento científico no hubiera podido encontrar las condiciones para autoconstituirse.

El problema, desde mi punto de vista, es que el interés se centró únicamente en el aspecto cuantitativo de la ciencia y no en el aspecto cualitativo que también la ciencia  tiene y que hubiera posibilitado caminos de confluencia de ésta con el mundo de los sentidos, del cuerpo y de las emociones. La influencia de esta concepción del mundo, desde entonces hasta nuestros días, ha sido enorme e invade, prácticamente, todos los aspectos de la vida del ser humano actual en Occidente.

Sería interesante para la Ciencia contemporánea superar este pozo y reintegrar los datos de los sentidos a la explicación científica como algo que posee un significado, que tiene una verdad y que puede ser explicado.

Influencia de esta concepción del mundo en el sistema educativo

Las doctrinas e instituciones de la práctica educativa han dependido siempre de las filosofías corrientes de cada época. Si observamos los sistemas predominantes durante los últimos siglos, vemos que prevalecen conceptos racionalistas de pensamiento. Se considera que el proceso de pensamiento, tal como lo concibe la ciencia de la lógica, confiere su base más profunda a todo nuestro método de adquirir conocimiento. De esta manera, sienta las bases que la realidad debe adoptar para llegar a ser objeto del conocimiento.

No sólo eso: incluso considera al Ser y al mundo como productos de tal pensamiento.

Como resultado de este prejuicio racionalista, la práctica educativa adopta, necesariamente, la lógica como modelo- el ideal de la lógica-. Las materias enseñadas aparecen como una estructura de lógica cargada de hechos.

La participación interior no se dirige al tema, sino a la forma de pensamiento (fórmula, regla) que aquel expresa.
El ideal pedagógico del lógico se apoya sobre el falso supuesto de que el pensamiento lógico productivo opera debido a las leyes de la lógica y tiene en ellas su base psicológica.

Pensemos en la contradicción que supone todo este orden de cosas conociendo que el niño es incapaz de pensamiento lógico antes de los catorce años y que cualquier intento de forzar un desarrollo prematuro de los acontecimientos es antinatural y puede resultar, incluso, perjudicial. Las reformas del sistema educativo que se han abordado en los distintos sistemas educativos occidentales en los últimos tiempos, han sido, en mayor o menor medida, parches que no han modificado en la base este concepto totalmente racionalista del sistema educativo.

Aportaciones desde la Educación Artística

El trabajo concreto con niños y las investigaciones realizadas sobre la estructura de la personalidad de estos, demuestran que la semejanza más aproximada a la estructura de la personalidad del niño no es la estructura mental del lógico, sino la del artista. El arte es un modo de integración, el modo más natural para los niños y su material es la totalidad de la experiencia. Es una forma de integrar la percepción y el sentimiento.

No expreso, ni mucho menos, que un modo integral de modelo educativo excluya al pensamiento lógico; lo que quiero decir es que un entrenamiento dirigido exclusivamente hacia el pensamiento lógico produce un ser humano incapaz de actividad imaginativa y de disfrute con los sentidos. (Al igual que existen algunos artistas incapaces de cualquier actividad mental, inmersos en un mundo únicamente sensorial, emocional y subjetivo.) Ante el impacto sobre la sociedad occidental del desarrollo, en constante crecimiento, de la técnica y de la ciencia, el niño debe, por una parte, desarrollar al máximo sus facultades de adaptación y, por otra, reforzar sus capacidades de individualización y el “uso” particularizado que hará de esa técnica.

El arte, concebido de manera amplia, debería tener un lugar fundamental en el sistema educativo. Ninguna otra materia puede dar al niño una posibilidad de unificación de imagen y concepto, sensación y pensamiento. Al mismo tiempo, la educación artística logra un conocimiento instintivo de las leyes del universo y un comportamiento en armonía con la naturaleza.

“Dar al individuo una conciencia sensorial concreta de la armonía y el ritmo que intervienen en la constitución de todos los cuerpos vivos y las plantas, conciencia que es la base formal de todas las obras de arte, con el fin de que el niño participe en su vida y actividades, de la misma gracia y belleza orgánicas. Mediante esta educación, hacemos al niño consciente de ese instinto de relaciones que, aun antes del advenimiento de la razón, le permitirá distinguir lo hermoso de lo feo, lo bueno de lo malo, el comportamiento adecuado del comportamiento  erróneo, la persona noble de la innoble” – Platón definía así la necesidad de una forma de educación imaginativa, en relación con la naturaleza y los sentidos y ligada, totalmente, al hecho artístico. Dichas palabras contrastan con el momento actual dónde el mundo que se ofrece a los niños es una civilización de objetos horribles, seres humanos deformados, mentes enfermas (idealizadas en programas televisivos), sociedades divididas, destrucción y guerras (mientras comen bolsas de palomitas).

Alimentamos estos procesos de disolución con nuestro conocimiento y nuestra ciencia, con nuestros inventos y nuestros descubrimientos. El sistema educacional trata de marchar al mismo paso. Sin embargo, las actividades creadoras que podrían curar la mente, volver más hermoso nuestro entorno, unir al hombre con la naturaleza… las dejamos de lado como ociosas, vacías, innecesarias o superfluas.

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